José de Jesús Gallardo Carrillo es uno de los últimos herederos del paisajismo mexicano, se inscribe en la generación de Luis Nishizawa, Feliciano Peña, Héctor Cruz y Nicolás Moreno. Nació el 11 de diciembre de 1931 en León, Guanajuato.
Justo después de la trágica muerte de su padre, su madre y él son amparados por una tía paterna, María Gallardo viuda de Martín del Campo quien les pide se mudasen a la Ciudad de México. Es ahí donde termina la educación primaria y secundaria donde poco tiempo después, no sin la renuencia inicial de su familia entra a San Carlos.
Es durante la época en San Carlos donde Jesús Gallardo, ávido de experiencias e inquieto por naturaleza, observa, aprende, reflexiona y sintetiza metódicamente todas las enseñanzas de sus maestros, apuntalando su vocación como así mismo él lo expresara, “Una cosa es tener una profesión y otra más, es encontrar la vocación para toda la vida”. Esa expectativa de vida fue inspirada por la influencia de sus maestros como Pastor Velázquez, Benjamín Coria y José Chávez Morado en el taller de pintura, Francisco Centeno en dibujo constructivo, Carlos Alvarado Lang en grabado, José Arellano Fisher en dibujo, Alfonso Pallares y José Attolini en historia del arte, Ignacio Asúnsolo en escultura, Ernesto Jorajuria en paisaje, entre otros destacados de la época.
Al terminar la escuela, en 1951, volvió a Guanajuato y se le presentó una oportunidad que impulsaría su carrera. El rector de la Universidad de Guanajuato, el Lic. Antonio Torres Gómez le ofreció que organizara un taller de dibujo y pintura que con el paso del tiempo se convertiría en la Escuela de Artes Plásticas de la universidad. Gallardo no solo fundó la escuela, sino que impartió diferentes cátedras y fue su director durante tres décadas.
Luego de ver su trabajo en una de las exposiciones que producía el taller de la Universidad de Guanajuato, el Dr. Atl le auspició otra exposición en el Salón de la Plástica Mexicana, pues reconoció el talento del joven artista y le auguró mucho éxito en el futuro.
En 1957, Miguel Álvarez Acosta, director del Instituto Nacional de Bellas Artes, le encargó a Jesús —con apenas 26 años— una copia de uno de los paisajes más representativos de José María Velasco; reto que enfrentaría con aplomo y agudeza.
Durante estos años se dedicó a evolucionar su técnica, experimentar con la gráfica y encontrar su estilo en el óleo. Fueron años de intenso crecimiento y aprendizaje, de enfrentarse a nuevos retos.
Pareciera que su destino era pintar su tierra natal, sus raíces. El Bajío fue para él su universo exploratorio, una fuente constante de inspiración e imágenes en las que su pensamiento y sensibilidad encontraron las mejores formas, cromáticas, volúmenes y texturas para revelar su ingenio y capturar el espíritu del Bajío.
El espectáculo de lo natural, de la atmosfera del Bajío, de sus accidentes y continuidades, de sus luces y obscuridades, de sus silencios y estruendos siempre lo atrajo profundamente, solo él entendió ese dialogo en silencio con lo inmutable que se convirtió en una necesidad contemplativa del Bajío, una necesidad que conservó y se llevó hasta el final.
Fue en esta época que alcanzó su madurez artística y realizó una cantidad muy vasta de exposiciones individuales y colectivas en México y en el mundo.
El arraigo a su tierra y a la vida, reflejo que desarrolló a través de su arte son una demostración de perseverancia, disciplina, el nivel de maestría, abstracción y simplificación que alcanzó hacia el final excepcional.
Falleció en su casa en Guanajuato, el 12 de octubre de 2018. La Universidad de Guanajuato le otorgó el Doctorado Honoris Causa post mortem, apenas unos meses después de su muerte, en febrero del siguiente año.